Básicamente, el ejercicio parece activar una serie de procesos
encargados de mantener y proteger a las células nerviosas, lo que
podemos llamar sistemas de neuroprotección fisiológica. Si el
ejercicio protege al cerebro de las agresiones tanto internas como
externas a las que se ve sometido a lo largo de la vida, es evidente
que la vida sedentaria, muy acentuada en las sociedades modernas, es
un factor de riesgo para enfermedades neurodegenerativas, tan
devastadoras en la sociedad actual. El mensaje parece sencillo: las
enfermedades neurodegenerativas pueden agruparse, junto con las
coronarias, dentro del conjunto de patologías en las que la vida
sedentaria es un factor de riesgo.
Primero debemos aclarar a qué nos referimos con "ejercicio físico":
Desde luego no estamos hablando de una vida de deportista. Nuestra
sociedad ha llegado a tal grado de sedentarismo que a lo que nos
referimos aquí casi se podría catalogar de mera "actividad física". En
nuestros estudios en el laboratorio sometemos a los animales de
experimentación (roedores) a niveles de ejercicio muy modestos. Les
hacemos andar a paso rápido 1 Km. al día. En su hábitat natural, estos
roedores pueden recorrer a diario distancias muy superiores, a gran
velocidad y sin gran esfuerzo. Si lo traducimos a escala humana,
probablemente estemos hablando de unos pocos kilómetros al día andados
a paso vivo. Es decir, lo que los médicos llevan años recomendando a
aquellas personas de irredentos hábitos sedentarios. Probablemente,
cuanto más ejercicio se haga – tomando como base esta mínima
actividad-, tanto más beneficioso será.
Mover el cuerpo mientras se realiza ejercicio requiere una activación
cerebral generalizada, ya que no sólo se trata de mover de forma
coordinada grupos musculares, sino también de aumentar el flujo
sanguíneo, el consumo de glucosa, la respiración, el ritmo cardíaco,
la capacidad del sistema sensorial y propioceptivo, etc.
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